REVISTA DERIVA DE MAULE (1)


Editorial

  
"Deriva" en tanto verbo es un vínculo con un origen: un derivado, un engendro. "Deriva" en tanto sustantivo es una pérdida de rumbo, una navegación ciega o una "dérive" como dicen los franceses: una caminata porque sí, sin ruta trazada.

Queramos o no cualquier denominación de origen remite al enconado tema de la identidad local. En este caso la asignación patronímica del principal río de la región nos lleva al viejo debate sobre el material nutricio de la identidad maulina. Un apurado consenso nos hace ver que tal identidad se asocia a tradiciones agrícolas, cierto asentado mito de homogeneidad racial, las costumbres campesinas, el entorno rural y fluvial, y probablemente (ojalá nos equivocáramos) una observancia religiosa inserta en los sincretismos propios del panteísmo campesino, la superstición y las tradiciones cristiano-occidentales. Si damos por ciertas esas premisas se hace no menos evidente que los elementos conformantes de esa percepción identitaria se encuentran en crisis de adaptación por no decir en franca retirada. El fenómeno es global pero se deja sentir poderosamente a escala local. Nada en Chile escapa a ese proceso, por si fuera poco recordar que las fronteras son hitos político-administrativos decididos por algún decreto en algún momento de la historia y cualquier voluntad política puede ser variable de otro emplazamiento en un momento diferente. Se abrió un nuevo ciclo hace al menos 20 años y los procesos conforme se consuman también se aceleran por la misma inercia de su trayectoria al punto que las identidades apenas alcanzan a definirse cuando sus parámetros ya colapsan.

Las zonas climáticas se van desplazando en márgenes de 200 kilómetros. El clima que tenía La Serena hace 30 años hoy está en la zona central y el clima de los valles intermedios hoy está en Concepción, que por cierto hace 30 años era una de las zonas más lluviosas de Chile. Si hubo una identidad cultural del Maule asociada a su entorno natural, esa identidad tendrá que desaparecer con la modificación de ese entorno. Junto a ella cambiarán los vestuarios, las tradiciones agrícolas que la sustentaban, la ritualidad: las mantas y espuelas pasarán con justa razón a ser objetos de museo. El flujo migratorio, especialmente afroamericano ya agrega varias decenas de miles de sujetos a esta dinámica, con sus voluntades, sus lenguajes, sus ritos, sus visiones de mundo ensanchando las fronteras, tomándose un espacio, integrando una presencia que trae nuevos miedos, deseos, virtudes, ritmos, colores, rabias, seducciones y destrucciones, como toda fuerza natural trae consigo. El entorno eco-sistémico ya parece cambiar de latitud: cada año llueve menos, los cerros se erosionan, los bosques arden, las playas retroceden y los ríos se estrechan. El desierto avanza, como decía Nietzsche. En unos 50 años más, cuando la generación de estos editores esté agonizante, la identidad maulina como es entendida hoy habrá desaparecido por completo subyugada por la migración y el cambio climático. El sentido de pertenencia se conjuga con verbos en pretérito. La identidad maulina morirá antes de haber madurado o caerá de pasmo como algunos frutos verdes demasiado manoseados. Esta revista quisiera ser el canto de cisne de su agonía, el arpa de Nerón mientras se incendia Roma. Desplazamos nuestro eje de mirada hacia los espacios híbridos, efervescentes, alquímicos de la historia, la literatura, la geografía, la política, la sexualidad: en los tiempos de la post-verdad todo viene siendo un arte.

En este primer número presentamos como autor destacado a José Donoso. ¿Quién mejor para revisitar el paisaje que el más internacional, el más transversal, el más sincretista de nuestros escritores? De ello da cuenta un breve pero inmejorable retrato aportado por el poeta y académico español Luis Antonio De Villena que nos honra con su colaboración. Nos hemos propuesto también rescatar a Enrique Villablanca, un silencioso que partió demasiado pronto y que no merece el olvido. Lila Calderón nos entrega un texto inédito, exclusivo para esta edición, donde sondea las coordenadas violentas y prismáticas de Tomás Harris, tal vez el poeta de mayor vigencia y arraigo en la tradición y la ruptura de la cultura poética hispanoamericana. Un escritor que es también un intra emigrante a su manera, un autoexiliado de la provincia en la metrópolis. Y de esa provincia húmeda siempre al borde de lo ficcional nos habla Tulio Mendoza con la inteligencia y la sensibilidad que lo caracterizan. En la poesía volvemos a exorcizar la ausencia de nuestro Villablanca y abrimos la ruta de navegación hacia costas desafiantes con Maha Vial y Egor Mardones, dos pioneros, dos nombres que se inscriben en la gestación misma de las voces poéticas actuales, desde el grito primario a la percepción multimedial del muro que antes fue de concreto y hoy es virtual, allí donde irrumpen todas las señales.

Bienvenidos a la línea de flotación.




LOS EDITORES


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Este proyecto cuenta con el auspicio del Fondo del Libro y la Lectura del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, 2018.

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